Finalmente tuvimos tres niñas, así que nunca llegamos a tener una discusión seria acerca de ese nombre. Pero nuestro proyecto profesional en común también comenzó a gestarse en esa época.
Poco después, ya de vuelta en A Coruña, encontramos el local perfecto para lo que estábamos pensando: una tienda de productos gallegos con espacio de degustación. Entre papeleos, obras y otros obstáculos, el proyecto tardó 9 meses en ver la luz, con lo que en cierto sentido es como nuestro cuarto hijo y su nombre estaba decidido desde hace tiempo.
Con ese nombre, Rodolfus, no solo quisimos perpetuar esta anécdota familiar, sino que tratamos de darle al proyecto un cierto aire de exclusividad sin olvidar la retranca gallega: somos finolis, pero riquiños; nos gustan las cosas ricas, pero sencillas. Rodolfus encajaba con esos elementos aparentemente contradictorios: es sonoro, te quedas con él, suena rimbombante, pero hasta cierto punto irónico ¿No? Un poco en el espíritu de aquellos bar Manolo’s de los 90, nombres que nunca nos convencieron, pero que recordabas. Y, al fin y al cabo, nos tomamos muy en serio nuestro trabajo, pero también nos gusta divertirnos, tomarnos las cosas con humor, así que ¿por qué no?